Google también miente

Por Nelson Scariot y Josefina López Mallea


A veces se asume que lo que aparece en la Web 2.0 es una verdad absoluta. Sin embargo, es mucha la información falsa que hoy circula en Internet. Sin dudas, uno de los más grandes servidores de búsqueda es Google, quien con sus múltiples extensiones y servicios se impone firmemente en nuestras vidas.


Pero ¿debemos confiar ciegamente en Google como oráculo de la verdad? ¿La información provista por este motor de búsqueda es 100 % fidedigna? El objetivo de esta empresa es organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil. ¿Será que esta “organización” de la información es completamente objetiva, azarosa y no hay lucro en ello?


Algunas de estas preguntas parecen remitirnos a interrogantes filosóficos más profundos como ¿qué es la verdad? ¿existe una verdad absoluta? ¿una verdad es una realidad debatible o absoluta?, entre otras preguntas. Muchas son las respuestas aparentes a estas dudas inherentes a nuestra humanidad y a nuestras existencias. Desde Zauto Atuzo, adherimos al argumento de que la "verdad" única, como tal, no existe. Pero que sí pueden existir consensos que se acerquen a las realidades sociales. Existen construcciones y percepciones del mundo, cargadas de ideologías y reflejadas en discursos. Y creemos que históricamente lo que se han construido como "verdades absolutas" no son otra cosa que los discursos hegemónicos, a los cuales debemos cuestionar.


No obstante, volviendo al caso puntual del presente artículo, es pertinente preguntarnos si Google miente. Tal vez no lo hace deliberadamente, pero posiblemente cometa errores en esa organización del conocimiento. No olvidemos que las lógicas del poder atraviesan fundamentalmente a las grandes corporaciones, y Google es una.


En el siguiente artículo, presentamos dos casos donde la compañía mintió o, al menos, demostró parcialidad. La lista de casos similares es extensa, pero creemos pertinente centrarnos en estos dos ejemplos.


El primer caso fue el 17 de mayo de 2020 cuando en el panel de conocimiento de Google determinó a Cristina Fernández como “Ladrona de la Nación Argentina”. Técnicamente en ese espacio debía incluir su cargo y no una adjetivación. Dicho ejemplo es un tema polémico y que impacta directamente en nuestro contexto político actual. Que se adjetive de esa manera a quien hoy cumple con el rol de vicepresidenta de la nación, deja entrever las lógicas de poder que atraviesan a Google. 


El segundo ejemplo es el fallo inédito en el caso Natalia Denegri contra Google, donde la justicia argentina aplicó el “derecho al olvido”. Esto implicó desindexación de enlaces que exhibían videos o imágenes de su pasado que, según la justicia nacional, estaban vinculado a la parafernalia de contenidos excéntricos de nulo valor cultural o informativo. Si bien existe un vacío legal en cuanto a la regulación de Internet, este caso podría considerarse en buen antecedente a la hora de pensar en normativas que garanticen nuestros derechos en cuanto a la Web 2.0.


Ante estos hechos, tan solo por mencionar algunos, no estaría mal desconfiar de Google, al menos un poco. Por su estructura “amigable” y fácil de utilizar se ha transformado en el principal motor de búsqueda del mundo. La principal fuente de conocimiento. La fuente de la verdad. Pero no solo la información es ordenada por Google. También todos los bienes y servicios (por medio de plataformas como Mercado Libre, por ejemplo). 


Y por si fuera poco, también todas las relaciones humanas son mediatizadas y moduladas por Google (a través de empresas digitales como Facebook, Instagram y WhatsApp, por ejemplo). Esto conlleva a una googlealización de la vida: una googlealización de la memoria, de la inteligencia, de la creatividad. 


Estamos entregando nuestras vidas a una empresa. Un poder intangible, implícito, sutil. Un poder que no nos obliga a entregar nuestra información privada y nuestros conocimientos, lo hacemos voluntariamente. Porque confiamos. Porque es una autoridad sin cara, sin voz. Una pantalla que no dictamina órdenes como lo puede hacer une presidente en una conferencia de prensa.


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